La Elite de la Naval
Comandos Anfibios de la Armada Boliviana

(Revista Escape, Septiembre de
2007, Texto: Javier Badani Ruiz, Fotos: Pedro Laguna) El
sonido más triste en Chaguaya proviene de una campana. Instalada
en el patio del Centro de Instrucción de Comandos Anfibios,
en el lago Titicaca, su tañir da la noticia de una derrota.
La última vez que tocó fue en agosto. Entonces, sirvió para que
Peduco anuncie a sus camaradas e instructores que su
sueño de formar parte del grupo élite de la Fuerza Naval
Boliviana acababa de terminar. Por el resto de su vida, el
oficial llevará grabado este fracaso. Pero no se trata del
único. De los 35 oficiales y sargentos de la Armada que en enero
iniciaron el curso de Comandos Anfibios, tan sólo cinco se
mantienen física y mentalmente firmes en pos de culminar los
nueve meses de ardua y exigente instrucción.
“Es el curso táctico-militar más difícil y largo de Bolivia. Los
instructores somos duros con los alumnos, los llevamos al
límite. Entendemos al cuerpo como una máquina que debe defender
la rojo, amarillo y verde”, dice el capitán de Corbeta René
Espejo, segundo comandante de esta unidad que forja
especialistas en las operaciones militares de tierra, aire y
agua.©
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Son las 3.00. Ataviado con su traje de selva y con el rostro
camuflado, Espejo, Comandante Pitón, y sus ocho
instructores se preparan para iniciar el entrenamiento de los
cinco postulantes que tanto en el altiplano como en las aguas
del lago Titicaca ya han estirado su fortaleza física y
emocional al máximo. Hoy, los parajes selváticos del trópico
cochabambino y cruceño serán su hogar por un periodo que ellos
desconocen.
Dominar el sueño es la tarea más difícil para Pesichi, en
especial cuando su cuerpo debe sumergirse en las frías aguas del
lago Titicaca, cuya temperatura en la noche alcanza dos grados
centígrados bajo cero. “Hasta el hambre se puede controlar
dominando la mente, pero luego de días sin dormir y con las
bajas temperaturas de la noche, uno se arrepiente hasta de haber
nacido”, suelta este sargento beniano que busca ingresar al
selecto grupo de oficiales y sargentos de los Comandos Anfibios.
Creado el 2001, este grupo de élite de las Fuerzas Armadas
brinda una exigente instrucción en buceo táctico, operaciones
especiales en climas extremos de oriente y occidente del país y
cursos de especialización en áreas como la de explosivos y de
francotirador.
Conocido
como La Fortaleza, su centro de operaciones se encuentra en
Chaguaya, a unos 150 kilómetros de la ciudad de La Paz. Allí se
inicia la instrucción física que devora cada semana hasta dos
uniformes de los alumnos. En esta localidad se halla, además, el
Centro de Instrucción de Buceo de la Altura, lugar donde los
estudiantes aprenden a dominar las técnicas del buceo
táctico-militar.
“Es en esta etapa donde realmente se merma el curso. Pasan horas
bajo el agua. Hasta el organismo más preparado se rinde ante las
bajas temperaturas del Titicaca”, explica Comando Drosea,
uno de los 25 instructores de esta unidad. A sus 23 años, este
alférez de la Naval se declara a sí mismo como un adicto a las
experiencias extremas. Tanto es así, que luego de pasar este
curso decidió quedarse y formar parte de los instructores.
“En el curso nunca sabes qué te espera; no hay día ni noche, no
sabes en qué día de la semana estás. Siempre te encuentras al
límite. Una vez, por ejemplo, los instructores nos soltaron por
la noche a 20 millas de la costa del Titicaca, con la luz de un
faro como única guía. Comenzó a granizar, a caer rayos y me
separé del grupo. La neblina no me dejaba orientarme dentro del
Titicaca... Nunca experimenté una soledad tal, pero se trataba
de mi vida; así que nadé y nadé hasta que llegué a la playa”.
La fase de sobrevivencia es igual de dura y se inicia con la
inserción de los alumnos y los instructores en áreas inhóspitas
del altiplano y la selva por el lapso de cinco días.
Cada hombre sólo lleva consigo agua, sal —para charquear la
carne de los animales— y fósforo. Estos elementos deben bastarle
para sobrevivir. “Conseguir qué comer en el altiplano es bien
complicado. Es un lujo hallar conejos o vizcachas, debes superar
mentalmente tu hambre. En la selva las raíces y las frutas
silvestres deben ser suficientes”, cuenta Comando Drosea.
Con lapsos de sólo 15 minutos de descanso, los soldados deben
realizar marchas forzadas y continuas, de día y de noche,
cargando equipos que llegan a pasar los 25 kilos. Los
instructores recurren a tácticas sicológicas, como disparos y
explosiones, para mantener sobresaltados a los caminantes.
“Durante un patrullaje se olvidaron la brújula y los cinco días
de entrenamiento se transformaron en 10. El sol, la luna y la
corteza de los árboles nos tuvieron que orientar”, rememora
Comando Pitón, mientras alista el ingreso de su gente a la selva
cruceña desde Puerto Villarroel, Cochabamba.
“Somos el fuego que nunca se apaga... Hasta la victoria final”.
Los secos labios de Tiburón mascullan el lema de los
Comandos Anfibios. La frase no es casual. En caso de
conflagración bélica, este grupo se constituye en el último
recurso de la Armada.
Tiburón acaba de ingresar al monte luego de sortear varios
obstáculos en la playa. No duerme hace 24 horas, pero su cuerpo,
mimetizado con la naturaleza que lo rodea, reacciona como una
antena ante cualquier movimiento. Tiene sed, pero espera sin
siquiera pestañear a que alguna ave se pose en la exótica fruta
que se halla frente a él. Quiere cerciorarse de que no es
venenosa. Luego, sigiloso buscará comerlas sin que sus pausados
movimientos se hagan perceptibles para el enemigo.
Como pasó con sus cuatro compañeros, Tiburón confiesa que en más
de una ocasión estuvo a punto de pedir su baja, tocar la campana
y abandonar el curso. “Como sucedería en una situación de
guerra, aquí dependo de mis camaradas. Así, nos animamos todos
para no rendirnos. Sabemos que dentro de la Naval es un orgullo
haber pasado esta prueba; y si no, serás un motivo de
vergüenza”, expresa el alférez. Pasará más de una hora antes de
que una ave se pose en las jugosas frutas.
La
fortaleza mental y física de estos hombres se forja a través de
ejercicios. Incluso los castigos que se dan dentro de esta
unidad están destinados a potenciarlos.
“La instrucción militar es de alto riesgo, requiere de mucha
fuerza física. No podemos darnos el lujo de un error que puede
costarle la vida al alumno o a uno de sus compañeros”, asegura
Comandante Drosea, un experto en la utilización de
explosivos bajo el agua.
Ya sea por un segundo de retraso en la consecución de una tarea
o por no estar uniformado correctamente, cada instructor tiene
la potestad de castigar a un alumno con varias series de
ejercicios físicos. Cada serie dura al menos 15 minutos y un
postulante puede llegar a acumular hasta 30 series.
Trote en una pista de arena, flexiones y abdominales, entre
otros, son parte de los ejercicios que deben ser ejecutados
después de la dura instrucción diaria que en muchos casos
culmina a las 22.00.
La disciplina es vital durante la instrucción. Cuando las
prácticas se realizan en Chaguaya, los alumnos tienen un día a
la semana, el domingo, de descanso. Entonces se les permite
visitar a sus familias. “Cuando estás en casa no puedes dormir,
estás tan acostumbrado a la rutina que cualquier sonido te
exalta”, asegura el Trujas. Dentro de unos minutos, el alférez
Trujillo se perderá con sus cinco compañeros en la selva
cruceña. Allí los esperan nuevos retos, ocho instructores y una
campana que espera anunciar otra derrota.